"...el amanecer siempre es una esperanza para el hombre..." J.R.R.Tolkien.

miércoles, 30 de enero de 2013

El destino de un héroe.




Dolgthrasir llegó a su destino. Tras atravesar gran parte del mundo conocido, llegó a los bosques de Nuru, donde ningún ser que se considerase a sí mismo hijo de la luz osaba entrar jamás, salvo cuando de vez en cuando a algún guerrero el ansia de gloria le embriagaba el corazón, y la locura, confundida con el coraje, le hacía adentrarse en pos de fama y reconocimiento, llevándolo inevitablemente a un suicidio, pues se sabía en todos los rincones del mundo que grandes poderes surgidos de la sombra habitaban en su interior, y muy pocos osaban desafiarlos.



 Pero él no estaba allí por eso, a pesar de que las gentes que vivían más cerca de aquellos bosques con hedor a muerte pensaban que se trataba de otro loco en busca de gloria. 

Dolgthrasir había pasado la última noche en una posada cercana, a unos 50 km de los lindes de Nuru, donde le habían atendido con una mezcla de temor, respeto y lastimera atención, por la locura que las gentes de aquella posada en aquella aldea perdida de la mano de los dioses sabían que embriagaba al enano, pues Dolgthrasir era un enano. Pero se equivocaban. No era sólo un enano cualquiera que codiciaba el oro y excavaba las montañas, afanado y ocioso en construir maravillosas obras de joyería, armas y lujosas mansiones en la roca; Él era diferente. Pese a las características comunes que poseía con el resto de enanos de su raza, y a pesar del espíritu guerrero de estos, el lo era, si cabe, más. De cuna humilde había demostrado tiempo atrás al rey de Glitmir, rey de su ciudad, su coraje en la batalla y su sabiduría, por lo que a pesar de no ser noble era considerado en su reino y más allá como un guerrero feroz y un consejero sabio, tenido en muy alta estima por su rey, por lo que también se le solía llamar Rádsvin, el sabio consejero. Dolgthrasir era joven para su raza, contando apenas un siglo de edad, y vestía una armadura ligera compuesta por placas de cuero y planchas de acero, que pese a la fortaleza característica de los enanos, era ligera incluso para los hombres. Blandía un hacha de dos manos y de doble filo, casi tan alta como él, además de un pequeño arco, dos hachas más ligeras, y un par de hachuelas arrojadizas. Su yelmo portaba el rostro del fundador de su pueblo, Ái el grande, que pese a los miles de años que habían pasado desde su muerte, sus enemigos aún recordaban su rostro. Sus botas estaban recubiertas de acero, y tenían el efecto de cualquier otra bota de acero, pero estas eran de acero enano, y el acero enano no se parecía a ningún otro acero del mundo. Era liviano, resistente y mortal.

Llevaba el pelo largo y moreno, con trazas pelirrojas, echado hacia atrás y adornado con elaboradas trenzas y broches de plata, al igual que su barba, recogida al final en un gran broche con runas inscritas, que le llegaba hasta el pecho. Sus ojos eran verdes, de un verde apacible, como una pradera en primavera iluminada por el sol, pero en batalla era diferente. En batalla aquellos ojos cobraban un azul intenso, casi hielo, al punto de volverse prácticamente blancos, mientras su pelo y barba adquirían un aspecto canoso. Pero no del gris canoso de un anciano, si no de un blanco más blanco que la propia nieve, lo que le había conferido el apodo de “La furia del hielo”.

Se decía de él que por eso era capaz de invocar al hielo en batalla, y se aseguraba que en numerosos combates lo habían visto murmurar palabras en un idioma extraño antes de que se precipitara sobre el enemigo una gran ventisca.




Pero Dolgthrasir no estaba loco, ni arduo de sed de gloria, ni tenía intención de desatar una tormenta de hielo sobre el bosque de Nuru. Los hombres no conocían los designios de aquél enano, ni de sus dioses, ni de las órdenes de su rey. Así pues, habiendo cargado en su fardo frutos, un odre de agua, y el níel, (una comida enana a base de legumbres y harina), había partido al alba, montado en Sleip, su pony, hacia los lindes del temido bosque, pues las órdenes de su rey, de su consejo de sabios y de él mismo, eran que alguien debía de acabar con aquella sombra que había despertado en el corazón de Nuru, y que hacía que sus tierras no germinaran, que sus gentes tuvieran un miedo irracional, y que la noche trajera más peligros de los habituales.



No eran pocos los que se habían ofrecido a acompañarle, pero con gran respeto y humilde consideración, había rechazado cualquier tipo de compañía, excepto claro está, la de su fiel compañero de viajes.



Decidido, con cautela pero sin temor, con coraje pero con precaución, se hallaba a la entrada, donde unos árboles uniformes se alzaban en frente, amenazadores, como predispuestos a lanzarse contra él si osaba dar un paso más. Pese a ser de día, la sombra y la neblina que cubría el ambiente hacía parecer que estaban a oscuras, si no fuera por algún haz de luz despistado que lograba colarse entre la muralla de oscuridad entretejida en el cielo. Unas rocas largas, erguidas verticalmente sobre la entrada del bosque, advertían sobre el destino que podría aguardarles a quienes osaran entrar allí. Pero él no temía esas estúpidas advertencias de brujos para alejar a campesinos, e ignorándolas, desmontó, susurró unas palabras al oído de su amigo, confiando en que sabría regresar de vuelta a casa, y le acarició la crin. Dolgthrasir sentía un profundo amor y respeto por todas las cosas vivas, y aquél animal lo había acompañado fiel y leal en no pocas aventuras difíciles que casi les había costado la muerte a ambos.

Al fin, viendo como se alejaba su amigo, no sin múltiples quejas por parte del equino, se ciñó sus dos hachas de mano, y se quedo pensativo un rato, haciendo un repaso mental a sus últimos días y preparando el corazón y el espíritu para aquella peligrosa aventura.



Al fin, dijo:

Doj etren sak är —.

En su lengua natal significaba algo así como “Sin el sacrificio no hay victoria”.

 Dando un largo suspiro, echó un último vistazo a sus espaldas y a la luz que asomaba a lo lejos, que quizá no volviera a ver nunca, y, volviendo el rostro decidido pero sereno hacia el frente, penetró en las oscuras dependencias del mal de Nuru.