"...el amanecer siempre es una esperanza para el hombre..." J.R.R.Tolkien.

martes, 30 de octubre de 2012

La consumación de la obra de los Valar


Los frutos de Varda y Yavanna eran ya un mero recuerdo. Los bellos bosques de Lórien, e incluso la tierra imperecedera de Valinor, donde la belleza de los primeros días de la creación habían permanecido durante edades, aún después de la profanación de los grandes árboles, ya no existían. Las creaciones de los Valar habían sido corrompidas por aquél a quién dejaron de nombrar así; Melkor, Morgoth... muchos nombres en muchas lenguas tenía, pero por sobre todos ellos, era el señor oscuro de Angband, creador de la poderosa fortaleza de Utumno, que aún después de su destrucción durante la guerra de los poderes, había sido reconstruida, más grande y más siniestra que nunca.
Morgoth

Los vientos
 de Manwë ya no soplaban,  la atmósfera estaba cargada de azufre y veneno y poderosas nubes de tinieblas ocultaban toda luz procedente del firmamento. Las obras de Aulë habían sido derrumbadas; grandes cordilleras desplomadas, (incluidas las grandes Pelori), tierras resquebrajadas, mansiones y reinos majestuosos reducidos a ruinas. Allá donde poderosas ciudades como Minas Tirith o Gondolin, en Arda, y Tirion o Formenos, en Aman, habían quedado reducidas a una mera sombra de lo que fueron en días gloriosos. E incluso la poderosa morada de Taniquetil, donde Manwë reinaba junto a Varda, había sido alcanzada por la oscuridad. Las aguas de Ulmo se habían tornado venenosas, cuando maremotos y tsunamis dejaron de asolar las costas, pero a nadie podían hacer daño ya, pues no había enano, elfo, hombre, animal, maia, o cualquier ser sobre la tierra que fuera a sentir el tacto del mar. Los maia habían sido sometidos en su totalidad por las artes oscuras, e incluso Ossë y Ólorin, que en su día fueron de los mas beneficiosos para las razas de la tierra. Los pocos Sindar, Noldor y demás razas que aún quedaban en la Tierra al final de la última edad de los hombres, habían sido destruidos, corrompiéndose la mas bella raza y los primogénitos de Eru Ilúvatar. Los hombres, numerosos y valientes, cayeron en desdicha poco después, e incluso la noble raza de los Dúnedain, descendientes de Númenor, presentando batalla en infinidad de combates, al lado de sus aliados Naugrim y Eldars; Incluso los hobbits se habían armado. Por grandes batallas, por enfermedad, hambre, persecución... todo ser viviente de la tierra yacía muerto y destruido.

Las salas de Mandos dejaron de recibir las almas de los valientes, y dónde fueron después de que se destruyeran sus estancias, solo Eru lo sabe. Los Valar habían presentado combate, todos ellos, pero ni la fuerza de Tulkas ni la destreza de Oromë habían bastado para combatir el súbito pero predecible ataque de la oscuridad. Melkor había reunido un ejercito de odio y maldad con orcos, bestias, espíritus corrompidos, e infinidad de abominaciones fruto de sus artes malvadas, y el mal ahora asolaba el mundo. Las guerras de los Valar agitaron la tierra durante años, y poco después, desaparecieron. Los hombres, enanos y elfos, no saben donde fueron, ni si estos grandes seres podían morir, ni si les habían abandonado... en sus corazones sentían que hasta estos grandes poderes podían sucumbir, y así fue. El poder de Eru no se había manifestado, y nunca nadie jamás supo por qué.

Lo que si se supo fue una cosa, y hasta el último ser en morir, lo supo; Los hijos de Ilúvatar habían olvidado el amor por las obras de Aulë y Yavanna; el amor por la música de Manwë; la belleza de las estrellas y el trinar de las aves; el vínculo que les unía a todos ellos, a todos sus hermanos, y se habían centrado en conspirar unos con otros, en guerrear, en asuntos banales, egoístas y malvados, y así la semilla que Melkor sembró en Fëanor, hijo de Finwë, muchas edades atrás, dio por fin el mas grande de sus frutos: La consumación del mundo creado por sus iguales, a los que tanto odiaba y envidiaba. Ahora, todo ese cáos y muerte, era por fin suyo.


El resultado de la música de los Ainur, que Eru moldeó para dar forma al mundo, que tantas edades había costado transformar, fue destruida en pocos años, y el mundo, si es que hubo un mundo después, fue yermo, y carente de luz y amor, y con todo, no fue Melkor quién destruyó la tierra, si no sus propios habitantes, aquellos que en su día habían amado la luz de Valinor.


Valinor





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