"...el amanecer siempre es una esperanza para el hombre..." J.R.R.Tolkien.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La última marcha.


Ya no sentía nada. Ni la fuerte tormenta que caía golpeando su cabeza desnuda,
ni la brisa helada del norte que besaba sus mejillas y manos ensangrentadas,
ni el mecer de su pelo y barba al son del viento.
La noche, que invadía aquella región como si el sol hubiera dejado de latir, le parecía aún mas densa y tenebrosa.
No sentía el frío de aquél lugar, ni las heridas que con orgullo había ignorado, ni el lodo y la hierba teñida de sangre bajo sus desgastadas botas.
Nada, no oía gritos, ni el rugir de las espadas y el silbar de las flechas, ni los cánticos de los soldados, ni el cuerno de guerra, ni el repiquetear de los tambores. Ni siquiera sentía el latir de su corazón.

De pronto bajo la vista y vio su escudo, con un extremo quebrado, y bañado de sangre y barro, donde aun podía verse claramente el emblema de su casa, a escasos metros de donde se encontraba. Su yelmo, decorado con hermosos y detallados grabados de alguna guerra pasada, y con un hermoso Drakkar en la cimera, que aun centelleante a la escasa luz que aun despedía la luna, se encontraba a sus pies. Su espada, decorada la hoja con runas y con una cita que rezaba: "Mientras el acero lo guíe tu corazón, tu causa sera noble", parecía negarse a rendirse, como si tuviera espíritu propio, permaneciendo débilmente pero orgullosa en el extremo de su mano derecha, aún cuando había dejado de sentirla hace rato.

Se giró, entonces, confuso, percibió algo ,lo cual no supo entender; Cientos, tal vez miles de sombras, las cuales donde terminaban a lo lejos no era capaz de ver, se movían y se agitaban bruscamente alrededor suyo. Unas caían por la espada, otras atravesadas por la lanza, mientras en sus rostros, débilmente marcadas sus facciones, podía leerse como gritaban de dolor al caer, o de furia al cargar.
Fimbulthul estaba confuso, innumerables formas seguían moviéndose a su alrededor, como si se tratara de un recuerdo que comienza a morir en la memoria, como si no percibieran que el estaba allí,de pie, titubeante pero orgulloso.

De improvisto, vio una luz a lo lejos, pero no era la luz de un fuego ni quizá un rayo matinal, ni ninguna clase de luz que el hubiera visto alguna vez.No, aquello era algo que jamás había presenciado. Era una luz blanca y pura, con tintes plateados, que emergía a lo lejos, haciéndose cada vez mas y mas fuerte, y a medida que crecía en la distancia, sentía como un calor reconfortante le emergía desde dentro, extendiéndose por todo su cuerpo, un calor que quizás ni la mejor hidromiel fabricada nunca por los enanos le habría hecho sentir jamás. Ahora era mas visible aun, y de entre aquella luz, vio como poco a poco se acercaba una figura a lomos de un caballo, hasta que fue visible completamente; Un hombre con larga melena blanca y una frondosa barba teñida de blanco también, con una armadura tan pura y trabajada que parecía hecha para los mismos dioses. Su rostro, débilmente visible pero expresivo, reflejaba poder pero también piedad, orgullo y humildad, fuerza y amor, y aquel hombre, si es que existían en Midgard hombres de aquella índole, poseía el porte de un fuerte guerrero, el mas noble de entre los nobles, y sus ojos fríos y penetrantes, denotaban el amor que solo un padre procesaba, pero también el furor del mas enardecido de los guerreros.
Portaba una lanza, la cual inspiraba tal respeto y admiración con solo mirarla, que daba la sensación de que quien la llevara gobernaría el mundo. Su montura, aquel caballo blanco, parecía ser el padre de todos los equinos de la tierra, tan fuerte y poderoso, tan noble, que su simple presencia reconfortaba el espíritu.
De pronto, estuvo a escasos metros de él, y parecía que toda maldad no tenia cabida en aquél lugar, que toda sombra había quedado extinta en el mundo, y entonces aquel misterioso hombre habló.

-Hijo mio, no temas, pues yo soy tu padre, y el padre de todos tus hermanos. Ven, toma tu arma,recoge tu escudo y ciñete tu casco, pues Heimdall aguarda a las puertas. No temas, valiente, pues ahora moraras en la ciudad eterna-.


Ahora Fimbulthul lo comprendió todo.



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