"...el amanecer siempre es una esperanza para el hombre..." J.R.R.Tolkien.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Un nuevo hogar.


Här se sentía triste. Había dejado en tierra el recuerdo de otros tiempos, tiempos pasados, no tan lejanos... tiempos mejores. Pero seguían viviendo en su recuerdo, al alcance de la mente, como la obra de un artista que perdura cientos de años después de que este haya muerto.

Muchos acontecimientos lo habían forzado a dejar su tierra, aunque todos ellos provocados por la misma causa: Un misterioso ataque desde el sur, que no cesaba. Allá había dejado sus costumbres, su familia, sus amigos, su entorno y su casa. Muchos compañeros de batalla había perdido Här, muertos con honor, todos ellos. A muchos familiares y amigos versados en otras materias como la agricultura y la artesanía había perdido también; A Herold, el constructor de barcos, inteligente y robusto, y gran luchador, aunque rehúso del combate, dispuesto si la necesidad lo llamara; a Astrid, la tabernera, famosa su hidromiel en todo el territorio, tan maravillosa al paladar como su belleza a la vista. Y su amigo Einar, su más fiel y leal amigo de la infancia, el hombre más valiente sobre la tierra que él conocía, de humilde origen y noble corazón, bravo luchador y guerrero justo, había desaparecido, y no albergaba demasiadas esperanzas de volverlo a ver, tal vez, algún día, si los dioses querían... Pero lo que más le dolía a Här era haber perdido a su hija Liv, en un ataque donde fue capturada junto a su padre, y, negándose a adoptar la nueva religión proveniente del sur, había sido degollada ante sus ojos, como advertencia para los que tomaran su ejemplo. Dolido, apenado y furioso, Här consiguió escapar junto a algunos compañeros mas, no sin antes pagar un alto precio a su libertad; Perder su ojo derecho. Fue la única vez que consiguieron atraparle, gracias en parte a su astucia, gracias en parte a los dioses, había conseguido siempre salir indemne de batallas y escaramuzas, y jamás lo habían atacado estando desprevenido.



Här había visto, como guerrero curtido, morir a los hombres, llorar a las mujeres y ver desolación en los ojos de los hijos. Había visto los bosques arder, la tierra temblar y el agua pura y clara convertirse en un torrente de sangre. Había visto las armas quebrarse y el horror de la guerra; gritos desgarradores aullando en el viento al expirar el último aliento de vida. Los pueblos caer ante el odio y la desolación, el humo erguirse en el aire hasta alcanzar el mismísimo cielo. Había visto paisajes enteros, antaño hermosos, desolados, muertos, cubiertos de una escarcha pálida de cenizas cubriendo huesos, madera y piedra. Ahora, donde antes se alzaban círculos ceremoniales, túmulos y rocas grabadas, veía un extraño símbolo, que le recordaba a la runa Naudhiz, algo que los extranjeros habían traído consigo diciéndoles que representaba el amor de un dios que se sacrificó por la humanidad en un desierto, muy lejos de allí. Här no entendía porque un dios bondadoso permitía que hombres libres mataran y sometieran en su nombre a todo aquél diferente a sus creencias. Pero esto ya poco le importaba, su país estaba desolado y los pocos hombres y mujeres libres que rehusaban de adoptar las nuevas creencias y costumbres huían al oeste, al este y al norte, en busca de tierras libres.

Här miró al horizonte. Hacía 3 días que habían dejado la costa, rumbo al oeste, en un pequeño drakkar tripulado por él y unos pocos supervivientes, algunos de los cuales le habían acompañado en largos viajes y con los que había entablado una gran amistad. Quien fuera un noble guerrero, parte de la escolta personal de su rey, ahora no era sino un traidor a ojos de sus enemigos, algo que compartía con todos los que le acompañaban. No entendían que motivo habría impulsado a los pueblos del sur a atacarlos de esa manera; si el ansia de nuevas conquistas o el sometimiento a esa extraña religión. Pero una cosa si estaba segura: Ya nada volvería a ser como antes.


Afilando su espada Här meditaba sobre todos los acontecimientos ocurridos en el último año, y volviendo la mirada de nuevo a la inmensidad del mar, pensó en aquellos relatos que recitaran los escaldos en tiempos más propicios sobre tierras lejanas, tierras verdes y fértiles, donde no había guerra, y rezó, esperanzado, que fuera cierto. Su vida y la de todos sus compañeros quedaban ahora en manos de los dioses y de su propia fuerza y voluntad para afrontar el futuro.



La última marcha.


Ya no sentía nada. Ni la fuerte tormenta que caía golpeando su cabeza desnuda,
ni la brisa helada del norte que besaba sus mejillas y manos ensangrentadas,
ni el mecer de su pelo y barba al son del viento.
La noche, que invadía aquella región como si el sol hubiera dejado de latir, le parecía aún mas densa y tenebrosa.
No sentía el frío de aquél lugar, ni las heridas que con orgullo había ignorado, ni el lodo y la hierba teñida de sangre bajo sus desgastadas botas.
Nada, no oía gritos, ni el rugir de las espadas y el silbar de las flechas, ni los cánticos de los soldados, ni el cuerno de guerra, ni el repiquetear de los tambores. Ni siquiera sentía el latir de su corazón.

De pronto bajo la vista y vio su escudo, con un extremo quebrado, y bañado de sangre y barro, donde aun podía verse claramente el emblema de su casa, a escasos metros de donde se encontraba. Su yelmo, decorado con hermosos y detallados grabados de alguna guerra pasada, y con un hermoso Drakkar en la cimera, que aun centelleante a la escasa luz que aun despedía la luna, se encontraba a sus pies. Su espada, decorada la hoja con runas y con una cita que rezaba: "Mientras el acero lo guíe tu corazón, tu causa sera noble", parecía negarse a rendirse, como si tuviera espíritu propio, permaneciendo débilmente pero orgullosa en el extremo de su mano derecha, aún cuando había dejado de sentirla hace rato.

Se giró, entonces, confuso, percibió algo ,lo cual no supo entender; Cientos, tal vez miles de sombras, las cuales donde terminaban a lo lejos no era capaz de ver, se movían y se agitaban bruscamente alrededor suyo. Unas caían por la espada, otras atravesadas por la lanza, mientras en sus rostros, débilmente marcadas sus facciones, podía leerse como gritaban de dolor al caer, o de furia al cargar.
Fimbulthul estaba confuso, innumerables formas seguían moviéndose a su alrededor, como si se tratara de un recuerdo que comienza a morir en la memoria, como si no percibieran que el estaba allí,de pie, titubeante pero orgulloso.

De improvisto, vio una luz a lo lejos, pero no era la luz de un fuego ni quizá un rayo matinal, ni ninguna clase de luz que el hubiera visto alguna vez.No, aquello era algo que jamás había presenciado. Era una luz blanca y pura, con tintes plateados, que emergía a lo lejos, haciéndose cada vez mas y mas fuerte, y a medida que crecía en la distancia, sentía como un calor reconfortante le emergía desde dentro, extendiéndose por todo su cuerpo, un calor que quizás ni la mejor hidromiel fabricada nunca por los enanos le habría hecho sentir jamás. Ahora era mas visible aun, y de entre aquella luz, vio como poco a poco se acercaba una figura a lomos de un caballo, hasta que fue visible completamente; Un hombre con larga melena blanca y una frondosa barba teñida de blanco también, con una armadura tan pura y trabajada que parecía hecha para los mismos dioses. Su rostro, débilmente visible pero expresivo, reflejaba poder pero también piedad, orgullo y humildad, fuerza y amor, y aquel hombre, si es que existían en Midgard hombres de aquella índole, poseía el porte de un fuerte guerrero, el mas noble de entre los nobles, y sus ojos fríos y penetrantes, denotaban el amor que solo un padre procesaba, pero también el furor del mas enardecido de los guerreros.
Portaba una lanza, la cual inspiraba tal respeto y admiración con solo mirarla, que daba la sensación de que quien la llevara gobernaría el mundo. Su montura, aquel caballo blanco, parecía ser el padre de todos los equinos de la tierra, tan fuerte y poderoso, tan noble, que su simple presencia reconfortaba el espíritu.
De pronto, estuvo a escasos metros de él, y parecía que toda maldad no tenia cabida en aquél lugar, que toda sombra había quedado extinta en el mundo, y entonces aquel misterioso hombre habló.

-Hijo mio, no temas, pues yo soy tu padre, y el padre de todos tus hermanos. Ven, toma tu arma,recoge tu escudo y ciñete tu casco, pues Heimdall aguarda a las puertas. No temas, valiente, pues ahora moraras en la ciudad eterna-.


Ahora Fimbulthul lo comprendió todo.